Entre tablones, barrio y memoria: Sebastián Ferreyra y las historias que viven alrededor de la pelota
Julieta Micol Juárez
... Ferreyra reúne en este libro relatos donde el conurbano, la infancia, la pasión futbolera y la memoria se convierten en protagonistas ...


El fútbol puede ser un resultado, una camiseta o una tribuna llena. Pero también puede ser una memoria compartida, una forma de mirar el barrio y un territorio donde conviven personajes anónimos, afectos y pequeñas épicas cotidianas. En Epopeyas de Césped y Cal, Sebastián Ezequiel Ferreyra construye un recorrido atravesado por esas historias que muchas veces quedan fuera de los grandes relatos deportivos, pero que forman parte de la identidad popular.

Dramaturgo, escritor, director teatral y nacido en Lanús, Ferreyra reúne en este libro relatos donde el conurbano, la infancia, la pasión futbolera y la memoria se convierten en protagonistas. Conversamos con él sobre el origen de la obra, los personajes que la habitan y la manera en que el fútbol puede transformarse también en literatura.


Epopeyas de Césped y Cal aparece como un homenaje no solo al fútbol, sino también a las personas que lo rodean. ¿Cómo nació la idea de construir este libro desde esa mirada?
— Creo que el libro nació justamente de entender que el fútbol nunca es solamente fútbol. Que el fútbol nos atraviesa física y emocionalmente, que un resultado puede cambiarle el ánimo y el sentir de toda una semana a una persona. Que el fútbol puede llevarle felicidad a gente que, sin ese vehículo conductor que es la pelota, quizá jamás la tendría.

A mí siempre me interesaron más los personajes que habitan alrededor de la pelota que el resultado en sí. El que vende los choris en la entrada, el utilero, el abuelo que lleva al nieto, el pibe que juega en el recreo, el hincha que se toma dos colectivos y un tren para ir de visitante —cuando se podía—, el padre o la madre que mira entrenar al hijo… Ahí hay una humanidad enorme.

El fútbol, sobre todo en el conurbano, es un espacio donde aparecen sueños, frustraciones, afectos, amistades y memorias familiares. Y a mí me conmueve mucho la imagen del “héroe trágico” de la que habla Aristóteles en su Poética. Aquel héroe que no es completamente bueno ni completamente malo, sino alguien valioso, lleno de potencial, pero atravesado por una falla humana —la hamartia— que lo lleva al sufrimiento y a la transformación.

Creo profundamente en ese héroe imperfecto. Descreo un poco del héroe invencible que muchas veces nos venden. Siento que el conurbano está lleno de esos héroes trágicos de los que hablaba Aristóteles hace más de dos mil años. Y el fútbol también está plagado de ellos: jugadores, hinchas, personajes barriales que viven entre la gloria mínima y la derrota cotidiana.

Contagiado por ese amor a Lanús, al conurbano y al fútbol, y encerrado en plena pandemia, cuando no había producción teatral posible, empecé a escribir este libro. Pero no desde la épica del campeón solamente, sino desde las pequeñas epopeyas cotidianas que viven las personas comunes. Y también la construcción siempre estuvo acompañado Barraleta y sus ilustraciones, y este libro particularmente en su tapa cobró un significado enorme. Siento que sus dibujos no solo acompañan los cuentos, sino que amplían su universo sensible y barrial. Además de ser una artista increíble, es otra compañera de militancia conurbanense, alguien que también mira y narra estos territorios desde el afecto, la identidad y la poesía cotidiana.


— En varios relatos aparecen el barrio, la infancia y los recuerdos vinculados a la cancha. ¿Qué lugar ocupa Lanús y el conurbano sur dentro de tu forma de escribir?
— Lanús y el conurbano sur ocupan un lugar central dentro de mi forma de escribir porque son el territorio emocional desde donde miro el mundo. Yo siento que mi escritura nace ahí: en las veredas, en las plazas, en los clubes de barrio, en las canchitas de baby fútbol, en los viajes en colectivo o en tren, en las tribunas y en las conversaciones escuchadas al pasar.

El conurbano tiene una poética muy particular. Hay algo en su manera de hablar, en sus personajes, en su humor y también en sus tragedias cotidianas que me conmueve muchísimo. A veces siento que uno no necesita inventar demasiado, sino aprender a observar y escuchar. El barrio está lleno de historias mínimas que, si uno les presta atención, tienen una enorme potencia humana y narrativa.

Recuerdo mucho volver del colegio y jugar a la pelota en el patio de mis abuelos mientras relataba en voz alta partidos imaginarios y hazañas de jugadores magníficos. O jugar en la calle inventando relatos épicos con mis amigos. También crecí escuchando historias futboleras de vecinos, familiares y gente del barrio. Toda esa poética aparece inevitablemente en el libro.

Además, Lanús aparece ligado directamente a mi infancia y a mi vida en general. Vengo de una familia muy ligada al club. Mi abuelo Chiche fue vicepresidente del departamento de vitalicios hasta hace muy poco y siempre estuvo involucrado en la vida política y social del club y es además quien me regaló y heredó el sentir por este color tan hermoso y significativo como es el granate. Mi otro abuelo fue caricaturista y fotógrafo de Lanús. Mi familia está completamente atravesada por el club.

Desde mi bautismo y mi primer cumpleaños, pasando por actividades sociales, veranos enteros jugando dentro del club con mis amigos, amistades que me regaló Lanús, cumpleaños de mis hijos e incluso años donde también trabajé en el club… siempre Lanús estuvo presente en mi vida. Para nosotros es un familiar más. Como dice una frase de su himno: “Lanús, siempre Lanús”.

Creo que gran parte de lo que escribo hoy sigue dialogando con ese universo afectivo.

También me interesa pensar el conurbano lejos de cierta mirada estigmatizante. Muchas veces se habla del conurbano únicamente desde la violencia o la marginalidad, y yo creo que también hay una enorme sensibilidad, ternura, imaginación y épica cotidiana ahí. Mis personajes muchas veces nacen de esa mezcla: son seres golpeados por la vida, pero también profundamente soñadores.

En definitiva, siento que no podría escribir desde otro lugar. Incluso cuando no nombro directamente a Lanús o al sur del conurbano, su manera de respirar, de hablar y de sentir termina apareciendo igual en mis textos.


— Mencionás que muchos personajes pueden parecer reales o estar inspirados en personas que se cruzaron en tu camino. ¿Cómo trabajás ese límite entre memoria, observación y ficción?
— Muchas veces los personajes nacen de personas reales que me fui cruzando en la vida, pero nunca me interesa hacer una copia exacta de alguien. Me gusta más pensar que la ficción funciona como una especie de deformación poética de la memoria. Un personaje puede arrancar siendo un vecino, un amigo, un hincha que escuché hablar en una tribuna o alguien que vi una sola vez en un tren, pero después la imaginación empieza a mezclarlo con otros recuerdos, otras voces y otras experiencias.

Además, creo que la memoria nunca es completamente objetiva. Uno recuerda desde la emoción. A veces agranda ciertas cosas, olvida otras, transforma situaciones mínimas en momentos gigantescos. Y justamente ahí aparece algo que me interesa mucho literariamente.

También me gusta observar mucho cómo habla la gente, cómo exagera una anécdota, cómo alguien cuenta un partido como si estuviera narrando una tragedia griega o una batalla histórica. En el conurbano hay una manera muy particular de construir relato oral, y siento que gran parte del libro está contaminado de esa musicalidad y de esa forma de narrar.

Entonces el límite entre memoria, observación y ficción para mí es bastante borroso. Hay cuentos que parten de algo real y terminan siendo completamente fantásticos, y otros que parecen inventados pero esconden emociones o recuerdos muy personales.

En definitiva, no me interesa tanto la fidelidad documental de los hechos, sino capturar una verdad emocional. Que quien lea diga: “yo conocí a alguien así” o “yo sentí algo parecido alguna vez”. Ahí siento que la ficción logra conectar con algo verdadero.


— La pasión futbolera atraviesa estas páginas, pero el foco parece estar puesto en lo humano. ¿Qué encontrás en el fútbol como territorio para contar historias?
— Creo que el fútbol es uno de los espacios más humanos que existen porque ahí aparecen todas las emociones juntas y sin filtro. La alegría, el fracaso, la esperanza, la frustración, el miedo, el sentido de pertenencia, la violencia, la amistad, la memoria familiar… todo convive dentro de una cancha o alrededor de ella.

Además, el fútbol tiene algo profundamente teatral. Hay rituales, personajes, supersticiones, héroes, villanos, tragedia y comedia. Un partido puede convertirse en una especie de obra dramática de noventa minutos donde emocionalmente está en juego mucho más que un resultado.

Pero lo que más me interesa son las historias mínimas que suceden alrededor de la pelota. Me conmueve mucho más el padre que acompaña al hijo a entrenar bajo la lluvia, el abuelo que espera ver campeón a su club antes de morir o el hincha que organiza toda su semana alrededor de un partido, que el resultado deportivo en sí mismo.

Creo que el fútbol también tiene algo muy democrático: atraviesa clases sociales, edades y generaciones. Puede unir personas completamente distintas alrededor de una misma emoción. Y en el conurbano particularmente ocupa un lugar muy fuerte como espacio de identidad y de pertenencia.

Además, siento que en el fútbol aparece mucho eso que me interesa narrativamente: el héroe imperfecto. El jugador que parecía tocar el cielo y termina cayendo, el crack del potrero que nunca llegó, el equipo chico que pelea contra estructuras gigantes, el hincha que sigue amando incluso perdiendo. Hay algo muy humano en esa fragilidad.

Por eso creo que, aunque el libro esté atravesado por el fútbol, en el fondo termina hablando de otra cosa: de las personas, de sus vínculos, de sus sueños y de sus pequeñas resistencias cotidianas.


— De chico imaginabas hazañas futbolísticas en el patio de tu abuela y construías héroes desde la imaginación. ¿Sentís que ese universo de la infancia sigue apareciendo en lo que escribís hoy?
— Sí, completamente. De hecho, creo que gran parte de lo que escribo sigue naciendo desde esa mirada infantil donde cualquier cosa podía transformarse en una aventura gigantesca. Cuando uno es chico, una canchita de barrio puede sentirse como el Maracaná y un gol entre macetas puede convertirse en el gol más importante de la historia del fútbol.

Yo recuerdo mucho esas tardes en el patio de mis abuelos jugando solo con una pelota y relatando en voz alta partidos imaginarios. Inventaba jugadores, equipos, finales épicas, ascensos milagrosos. Había algo muy poderoso en esa capacidad que tiene la infancia de convertir lo cotidiano en algo mítico.

Y creo que esa imaginación todavía sigue apareciendo en mi escritura actual. Me interesa mucho mirar las pequeñas historias con una dimensión épica y poética. Tomar situaciones aparentemente mínimas —un entrenamiento, un viaje en tren, una charla de tribuna, un partido entre amigos— y narrarlas como si fueran grandes gestas emocionales.

También siento que escribir tiene algo muy parecido al juego. Cuando uno escribe vuelve un poco a ese estado de la infancia donde todo era posible y donde la imaginación podía completar lo que la realidad no tenía.

Además, la infancia tiene algo muy honesto emocionalmente. Uno ama, sufre, festeja y se ilusiona de una manera absoluta. Por eso justamente en las clases de teatro siempre se pide eso. “Volver a conectar con el niño/a interior que llevamos dentro, volver a jugar” Y creo que el fútbol, sobre todo vivido desde chico, conserva mucho de eso. Por eso en el libro aparecen constantemente la nostalgia, la memoria y cierta mirada sensible sobre esos años donde todo parecía más grande, más intenso y más verdadero.


— Además de tu trabajo como escritor y dramaturgo, formás parte del mundo teatral. ¿Hay algo del teatro que también se traslada a tu manera de narrar?
— Sí, muchísimo. Creo que el teatro me enseñó, sobre todo, a escuchar voces y a construir personajes. Muchas veces cuando escribo un cuento, primero aparece una voz. Una manera particular de hablar, un ritmo, una cadencia barrial, una forma exagerada o emotiva de contar algo. Y eso tiene mucho que ver con mi formación teatral y con mi trabajo como dramaturgo.

También siento que el teatro me acercó mucho a los antihéroes y a los personajes imperfectos. Me interesan esos personajes que están llenos de contradicciones, que desean algo profundamente pero que muchas veces son ellos mismos quienes arruinan o complican ese deseo. Ahí aparece nuevamente algo del héroe trágico que mencionábamos antes.

Además, creo que en el libro hay algo muy teatral en la construcción de las escenas. Muchos relatos están narrados casi como si fueran secuencias arriba de un escenario: el vestuario de los personajes, los cuerpos, los gestos, los silencios, el clima de una tribuna o de un vestuario. Me interesa mucho que quien lea pueda “ver” la escena mientras la está leyendo.

Y también el humor. El grotesco, el absurdo, la exageración, algo muy propio del teatro argentino y del teatro del conurbano, aparecen mucho en mi manera de narrar. En el fútbol conviven constantemente la tragedia y el ridículo. Un mismo personaje puede estar viviendo el momento más dramático de su vida y al mismo tiempo generar algo profundamente cómico. Eso me interesa muchísimo narrativamente.

Por otro lado, el teatro me enseñó a mirar mucho a las personas. A observar cómo se mueven, cómo hablan, cómo esconden emociones o cómo intentan sostener cierta imagen frente a los demás. Creo que esa observación después termina trasladándose inevitablemente a la escritura.

En definitiva, siento que no separo demasiado mi universo teatral de mi universo literario. Ambos dialogan constantemente y nacen de una misma necesidad: contar historias sobre personas comunes atravesadas por emociones enormes.


— Más allá del fútbol, los relatos también parecen hablar sobre identidad, pertenencia y memoria. ¿Qué te gustaría que quede resonando en quienes recorran estas páginas?
— Me gustaría que quede resonando la idea de que las pequeñas historias también merecen ser contadas. Que existe una épica en lo cotidiano. A veces pareciera que solamente son importantes las grandes hazañas o los grandes triunfos, y a mí me interesa mucho más esa emoción mínima que habita en la vida común: Una madre llevando a su hijo a la cancha, un grupo de amigos jugando un picado eterno en verano, un padre viendo hacer el primer gol a su hijo o un hincha que organiza toda su vida alrededor de un club.

También me gustaría que el libro funcione como una especie de abrazo a la memoria afectiva de quienes lo lean. Que alguien pueda encontrarse leyendo un cuento y de golpe acordarse de su barrio, de un familiar que ya no está, de una cancha, de una tarde de infancia o de una persona que ya no está. Creo que el fútbol tiene esa capacidad muy poderosa de guardar recuerdos y emociones.

Y además me interesa que aparezca cierta reivindicación del conurbano y de sus personajes. Muchas veces se habla de estos territorios solamente desde el prejuicio o la violencia, y yo creo que también están llenos de sensibilidad, imaginación, ternura y humanidad. El libro intenta mirar hacia ahí.

En el fondo, siento que Epopeyas de Césped y Cal habla menos de fútbol que de personas. De vínculos, de memoria, de identidad y de pertenencia. De esas cosas que nos construyen emocionalmente y que nos acompañan toda la vida aunque el tiempo pase.

Y quizá también me gustaría que quede resonando algo simple: la importancia de seguir emocionándonos. En una época donde todo parece ir tan rápido, y con tanta violencia, defender la emoción, el recuerdo y la capacidad de conmoverse me parece casi un acto de resistencia.


Entre clubes de barrio, recuerdos de infancia, personajes entrañables y escenas que podrían haber ocurrido en cualquier rincón del conurbano, Epopeyas de Césped y Cal recupera algo que muchas veces el fútbol contiene silenciosamente: las historias de quienes lo viven todos los días. Sebastián Ezequiel Ferreyra construye una obra donde la pelota funciona como punto de partida para hablar de vínculos, memoria y pertenencia. Porque, a veces, las verdaderas epopeyas no ocurren solamente dentro de una cancha, sino también alrededor de ella.

El fútbol puede ser un resultado, una camiseta o una tribuna llena. Pero también puede ser una memoria compartida, una forma de mirar el barrio y un territorio donde conviven personajes anónimos, afectos y pequeñas épicas cotidianas. En Epopeyas de Césped y Cal, Sebastián Ezequiel Ferreyra construye un recorrido atravesado por esas historias que muchas veces quedan fuera de los grandes relatos deportivos, pero que forman parte de la identidad popular.

Dramaturgo, escritor, director teatral y nacido en Lanús, Ferreyra reúne en este libro relatos donde el conurbano, la infancia, la pasión futbolera y la memoria se convierten en protagonistas. Conversamos con él sobre el origen de la obra, los personajes que la habitan y la manera en que el fútbol puede transformarse también en literatura.


Epopeyas de Césped y Cal aparece como un homenaje no solo al fútbol, sino también a las personas que lo rodean. ¿Cómo nació la idea de construir este libro desde esa mirada?
— Creo que el libro nació justamente de entender que el fútbol nunca es solamente fútbol. Que el fútbol nos atraviesa física y emocionalmente, que un resultado puede cambiarle el ánimo y el sentir de toda una semana a una persona. Que el fútbol puede llevarle felicidad a gente que, sin ese vehículo conductor que es la pelota, quizá jamás la tendría.

A mí siempre me interesaron más los personajes que habitan alrededor de la pelota que el resultado en sí. El que vende los choris en la entrada, el utilero, el abuelo que lleva al nieto, el pibe que juega en el recreo, el hincha que se toma dos colectivos y un tren para ir de visitante —cuando se podía—, el padre o la madre que mira entrenar al hijo… Ahí hay una humanidad enorme.

El fútbol, sobre todo en el conurbano, es un espacio donde aparecen sueños, frustraciones, afectos, amistades y memorias familiares. Y a mí me conmueve mucho la imagen del “héroe trágico” de la que habla Aristóteles en su Poética. Aquel héroe que no es completamente bueno ni completamente malo, sino alguien valioso, lleno de potencial, pero atravesado por una falla humana —la hamartia— que lo lleva al sufrimiento y a la transformación.

Creo profundamente en ese héroe imperfecto. Descreo un poco del héroe invencible que muchas veces nos venden. Siento que el conurbano está lleno de esos héroes trágicos de los que hablaba Aristóteles hace más de dos mil años. Y el fútbol también está plagado de ellos: jugadores, hinchas, personajes barriales que viven entre la gloria mínima y la derrota cotidiana.

Contagiado por ese amor a Lanús, al conurbano y al fútbol, y encerrado en plena pandemia, cuando no había producción teatral posible, empecé a escribir este libro. Pero no desde la épica del campeón solamente, sino desde las pequeñas epopeyas cotidianas que viven las personas comunes. Y también la construcción siempre estuvo acompañado Barraleta y sus ilustraciones, y este libro particularmente en su tapa cobró un significado enorme. Siento que sus dibujos no solo acompañan los cuentos, sino que amplían su universo sensible y barrial. Además de ser una artista increíble, es otra compañera de militancia conurbanense, alguien que también mira y narra estos territorios desde el afecto, la identidad y la poesía cotidiana.


— En varios relatos aparecen el barrio, la infancia y los recuerdos vinculados a la cancha. ¿Qué lugar ocupa Lanús y el conurbano sur dentro de tu forma de escribir?
— Lanús y el conurbano sur ocupan un lugar central dentro de mi forma de escribir porque son el territorio emocional desde donde miro el mundo. Yo siento que mi escritura nace ahí: en las veredas, en las plazas, en los clubes de barrio, en las canchitas de baby fútbol, en los viajes en colectivo o en tren, en las tribunas y en las conversaciones escuchadas al pasar.

El conurbano tiene una poética muy particular. Hay algo en su manera de hablar, en sus personajes, en su humor y también en sus tragedias cotidianas que me conmueve muchísimo. A veces siento que uno no necesita inventar demasiado, sino aprender a observar y escuchar. El barrio está lleno de historias mínimas que, si uno les presta atención, tienen una enorme potencia humana y narrativa.

Recuerdo mucho volver del colegio y jugar a la pelota en el patio de mis abuelos mientras relataba en voz alta partidos imaginarios y hazañas de jugadores magníficos. O jugar en la calle inventando relatos épicos con mis amigos. También crecí escuchando historias futboleras de vecinos, familiares y gente del barrio. Toda esa poética aparece inevitablemente en el libro.

Además, Lanús aparece ligado directamente a mi infancia y a mi vida en general. Vengo de una familia muy ligada al club. Mi abuelo Chiche fue vicepresidente del departamento de vitalicios hasta hace muy poco y siempre estuvo involucrado en la vida política y social del club y es además quien me regaló y heredó el sentir por este color tan hermoso y significativo como es el granate. Mi otro abuelo fue caricaturista y fotógrafo de Lanús. Mi familia está completamente atravesada por el club.

Desde mi bautismo y mi primer cumpleaños, pasando por actividades sociales, veranos enteros jugando dentro del club con mis amigos, amistades que me regaló Lanús, cumpleaños de mis hijos e incluso años donde también trabajé en el club… siempre Lanús estuvo presente en mi vida. Para nosotros es un familiar más. Como dice una frase de su himno: “Lanús, siempre Lanús”.

Creo que gran parte de lo que escribo hoy sigue dialogando con ese universo afectivo.

También me interesa pensar el conurbano lejos de cierta mirada estigmatizante. Muchas veces se habla del conurbano únicamente desde la violencia o la marginalidad, y yo creo que también hay una enorme sensibilidad, ternura, imaginación y épica cotidiana ahí. Mis personajes muchas veces nacen de esa mezcla: son seres golpeados por la vida, pero también profundamente soñadores.

En definitiva, siento que no podría escribir desde otro lugar. Incluso cuando no nombro directamente a Lanús o al sur del conurbano, su manera de respirar, de hablar y de sentir termina apareciendo igual en mis textos.


— Mencionás que muchos personajes pueden parecer reales o estar inspirados en personas que se cruzaron en tu camino. ¿Cómo trabajás ese límite entre memoria, observación y ficción?
— Muchas veces los personajes nacen de personas reales que me fui cruzando en la vida, pero nunca me interesa hacer una copia exacta de alguien. Me gusta más pensar que la ficción funciona como una especie de deformación poética de la memoria. Un personaje puede arrancar siendo un vecino, un amigo, un hincha que escuché hablar en una tribuna o alguien que vi una sola vez en un tren, pero después la imaginación empieza a mezclarlo con otros recuerdos, otras voces y otras experiencias.

Además, creo que la memoria nunca es completamente objetiva. Uno recuerda desde la emoción. A veces agranda ciertas cosas, olvida otras, transforma situaciones mínimas en momentos gigantescos. Y justamente ahí aparece algo que me interesa mucho literariamente.

También me gusta observar mucho cómo habla la gente, cómo exagera una anécdota, cómo alguien cuenta un partido como si estuviera narrando una tragedia griega o una batalla histórica. En el conurbano hay una manera muy particular de construir relato oral, y siento que gran parte del libro está contaminado de esa musicalidad y de esa forma de narrar.

Entonces el límite entre memoria, observación y ficción para mí es bastante borroso. Hay cuentos que parten de algo real y terminan siendo completamente fantásticos, y otros que parecen inventados pero esconden emociones o recuerdos muy personales.

En definitiva, no me interesa tanto la fidelidad documental de los hechos, sino capturar una verdad emocional. Que quien lea diga: “yo conocí a alguien así” o “yo sentí algo parecido alguna vez”. Ahí siento que la ficción logra conectar con algo verdadero.


— La pasión futbolera atraviesa estas páginas, pero el foco parece estar puesto en lo humano. ¿Qué encontrás en el fútbol como territorio para contar historias?
— Creo que el fútbol es uno de los espacios más humanos que existen porque ahí aparecen todas las emociones juntas y sin filtro. La alegría, el fracaso, la esperanza, la frustración, el miedo, el sentido de pertenencia, la violencia, la amistad, la memoria familiar… todo convive dentro de una cancha o alrededor de ella.

Además, el fútbol tiene algo profundamente teatral. Hay rituales, personajes, supersticiones, héroes, villanos, tragedia y comedia. Un partido puede convertirse en una especie de obra dramática de noventa minutos donde emocionalmente está en juego mucho más que un resultado.

Pero lo que más me interesa son las historias mínimas que suceden alrededor de la pelota. Me conmueve mucho más el padre que acompaña al hijo a entrenar bajo la lluvia, el abuelo que espera ver campeón a su club antes de morir o el hincha que organiza toda su semana alrededor de un partido, que el resultado deportivo en sí mismo.

Creo que el fútbol también tiene algo muy democrático: atraviesa clases sociales, edades y generaciones. Puede unir personas completamente distintas alrededor de una misma emoción. Y en el conurbano particularmente ocupa un lugar muy fuerte como espacio de identidad y de pertenencia.

Además, siento que en el fútbol aparece mucho eso que me interesa narrativamente: el héroe imperfecto. El jugador que parecía tocar el cielo y termina cayendo, el crack del potrero que nunca llegó, el equipo chico que pelea contra estructuras gigantes, el hincha que sigue amando incluso perdiendo. Hay algo muy humano en esa fragilidad.

Por eso creo que, aunque el libro esté atravesado por el fútbol, en el fondo termina hablando de otra cosa: de las personas, de sus vínculos, de sus sueños y de sus pequeñas resistencias cotidianas.


— De chico imaginabas hazañas futbolísticas en el patio de tu abuela y construías héroes desde la imaginación. ¿Sentís que ese universo de la infancia sigue apareciendo en lo que escribís hoy?
— Sí, completamente. De hecho, creo que gran parte de lo que escribo sigue naciendo desde esa mirada infantil donde cualquier cosa podía transformarse en una aventura gigantesca. Cuando uno es chico, una canchita de barrio puede sentirse como el Maracaná y un gol entre macetas puede convertirse en el gol más importante de la historia del fútbol.

Yo recuerdo mucho esas tardes en el patio de mis abuelos jugando solo con una pelota y relatando en voz alta partidos imaginarios. Inventaba jugadores, equipos, finales épicas, ascensos milagrosos. Había algo muy poderoso en esa capacidad que tiene la infancia de convertir lo cotidiano en algo mítico.

Y creo que esa imaginación todavía sigue apareciendo en mi escritura actual. Me interesa mucho mirar las pequeñas historias con una dimensión épica y poética. Tomar situaciones aparentemente mínimas —un entrenamiento, un viaje en tren, una charla de tribuna, un partido entre amigos— y narrarlas como si fueran grandes gestas emocionales.

También siento que escribir tiene algo muy parecido al juego. Cuando uno escribe vuelve un poco a ese estado de la infancia donde todo era posible y donde la imaginación podía completar lo que la realidad no tenía.

Además, la infancia tiene algo muy honesto emocionalmente. Uno ama, sufre, festeja y se ilusiona de una manera absoluta. Por eso justamente en las clases de teatro siempre se pide eso. “Volver a conectar con el niño/a interior que llevamos dentro, volver a jugar” Y creo que el fútbol, sobre todo vivido desde chico, conserva mucho de eso. Por eso en el libro aparecen constantemente la nostalgia, la memoria y cierta mirada sensible sobre esos años donde todo parecía más grande, más intenso y más verdadero.


— Además de tu trabajo como escritor y dramaturgo, formás parte del mundo teatral. ¿Hay algo del teatro que también se traslada a tu manera de narrar?
— Sí, muchísimo. Creo que el teatro me enseñó, sobre todo, a escuchar voces y a construir personajes. Muchas veces cuando escribo un cuento, primero aparece una voz. Una manera particular de hablar, un ritmo, una cadencia barrial, una forma exagerada o emotiva de contar algo. Y eso tiene mucho que ver con mi formación teatral y con mi trabajo como dramaturgo.

También siento que el teatro me acercó mucho a los antihéroes y a los personajes imperfectos. Me interesan esos personajes que están llenos de contradicciones, que desean algo profundamente pero que muchas veces son ellos mismos quienes arruinan o complican ese deseo. Ahí aparece nuevamente algo del héroe trágico que mencionábamos antes.

Además, creo que en el libro hay algo muy teatral en la construcción de las escenas. Muchos relatos están narrados casi como si fueran secuencias arriba de un escenario: el vestuario de los personajes, los cuerpos, los gestos, los silencios, el clima de una tribuna o de un vestuario. Me interesa mucho que quien lea pueda “ver” la escena mientras la está leyendo.

Y también el humor. El grotesco, el absurdo, la exageración, algo muy propio del teatro argentino y del teatro del conurbano, aparecen mucho en mi manera de narrar. En el fútbol conviven constantemente la tragedia y el ridículo. Un mismo personaje puede estar viviendo el momento más dramático de su vida y al mismo tiempo generar algo profundamente cómico. Eso me interesa muchísimo narrativamente.

Por otro lado, el teatro me enseñó a mirar mucho a las personas. A observar cómo se mueven, cómo hablan, cómo esconden emociones o cómo intentan sostener cierta imagen frente a los demás. Creo que esa observación después termina trasladándose inevitablemente a la escritura.

En definitiva, siento que no separo demasiado mi universo teatral de mi universo literario. Ambos dialogan constantemente y nacen de una misma necesidad: contar historias sobre personas comunes atravesadas por emociones enormes.


— Más allá del fútbol, los relatos también parecen hablar sobre identidad, pertenencia y memoria. ¿Qué te gustaría que quede resonando en quienes recorran estas páginas?
— Me gustaría que quede resonando la idea de que las pequeñas historias también merecen ser contadas. Que existe una épica en lo cotidiano. A veces pareciera que solamente son importantes las grandes hazañas o los grandes triunfos, y a mí me interesa mucho más esa emoción mínima que habita en la vida común: Una madre llevando a su hijo a la cancha, un grupo de amigos jugando un picado eterno en verano, un padre viendo hacer el primer gol a su hijo o un hincha que organiza toda su vida alrededor de un club.

También me gustaría que el libro funcione como una especie de abrazo a la memoria afectiva de quienes lo lean. Que alguien pueda encontrarse leyendo un cuento y de golpe acordarse de su barrio, de un familiar que ya no está, de una cancha, de una tarde de infancia o de una persona que ya no está. Creo que el fútbol tiene esa capacidad muy poderosa de guardar recuerdos y emociones.

Y además me interesa que aparezca cierta reivindicación del conurbano y de sus personajes. Muchas veces se habla de estos territorios solamente desde el prejuicio o la violencia, y yo creo que también están llenos de sensibilidad, imaginación, ternura y humanidad. El libro intenta mirar hacia ahí.

En el fondo, siento que Epopeyas de Césped y Cal habla menos de fútbol que de personas. De vínculos, de memoria, de identidad y de pertenencia. De esas cosas que nos construyen emocionalmente y que nos acompañan toda la vida aunque el tiempo pase.

Y quizá también me gustaría que quede resonando algo simple: la importancia de seguir emocionándonos. En una época donde todo parece ir tan rápido, y con tanta violencia, defender la emoción, el recuerdo y la capacidad de conmoverse me parece casi un acto de resistencia.


Entre clubes de barrio, recuerdos de infancia, personajes entrañables y escenas que podrían haber ocurrido en cualquier rincón del conurbano, Epopeyas de Césped y Cal recupera algo que muchas veces el fútbol contiene silenciosamente: las historias de quienes lo viven todos los días. Sebastián Ezequiel Ferreyra construye una obra donde la pelota funciona como punto de partida para hablar de vínculos, memoria y pertenencia. Porque, a veces, las verdaderas epopeyas no ocurren solamente dentro de una cancha, sino también alrededor de ella.


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