Cruzar los umbrales de la memoria
Julieta Micol Juárez
Una conversación con Julieta Strasberg sobre 'Umbrales de fuego'


La memoria, el duelo, los vínculos y aquello que permanece incluso cuando parece haberse ido son algunos de los ejes que atraviesan Umbrales de fuego, el nuevo libro de Julieta Strasberg publicado por Acercándonos Ediciones. A través de cuentos, relatos y prosas poéticas, la autora construye una obra donde lo íntimo dialoga con lo cotidiano, y donde los recuerdos, las ausencias y las herencias afectivas aparecen como territorios para explorar.

Organizado en tres núcleos —Ancestrario, Cronofracta y Ausentario—, el libro propone un recorrido no lineal, una experiencia de lectura atravesada por imágenes, atmósferas y fragmentos que invitan a habitar preguntas más que respuestas. Conversamos con Julieta Strasberg sobre la construcción de esta obra y los universos que la atraviesan.


— La memoria, la identidad y el duelo aparecen atravesados por una escritura muy ligada a lo íntimo. ¿Cómo comenzó el proceso de construcción de esta obra?
— En realidad, Umbrales de fuego no nació como libro. Nació como necesidad de escritura. Durante años, en el taller de Gabriela Stoppelman, fui escribiendo imágenes, cuentos, poemas, fragmentos y ejercicios literarios, sin pensar que formarían parte de una misma obra. Algunos textos surgían de recuerdos familiares; otros, de sueños, sensaciones corporales, casas antiguas o escenas urbanas, reales o inventadas. Con el tiempo empecé a notar que todos esos materiales compartían una misma respiración poética. Ahí apareció la idea de constelación: textos independientes que, al ponerse en relación, comenzaban a iluminarse entre sí. Después vino un trabajo intenso de selección y organización, porque no todos “filiaban” dentro de ese universo. Finalmente, el libro terminó armándose como una cartografía de fragmentos atravesados por la memoria y sus fracturas.

— El libro está organizado en tres núcleos: Ancestrario, Cronofracta y Ausentario. ¿Cómo surgió esa estructura y qué buscabas generar con ese recorrido?
— La estructura fue uno de los procesos más complejos y también más bellos del libro. No fue la primera organización posible, ni siquiera la segunda. Hubo mucho trabajo de búsqueda y de lectura interna para descubrir cuáles eran las líneas de poética que atravesaban los textos. Finalmente aparecieron Ancestrario, Cronofracta y Ausentario como tres grandes núcleos posibles, aunque podrían haber existido otros, y probablemente cada lector encuentre nuevas conexiones.

Me interesaba que los textos dialogaran entre sí y las conexiones fueran móviles. En ese proceso también surgió la idea de crear neologismos y un pequeño glosario que acompañara cada cuento. Eran palabras que intentaban nombrar lo que el lenguaje habitual no alcanzaba a contener. Cada neologismo funciona un poco como una llave o una pequeña luz para atravesar cada umbral.

En ese sentido, me acompaña mucho una frase del prólogo de Gabriela Stoppelman, cuando dice que “el neologismo es siempre una rebelión en el corazón del abecedario y de la semántica”. Siento que esa idea dialoga profundamente con el espíritu del libro.

También buscaba generar un cierto ritmo de lectura. Umbrales de fuego no necesita leerse linealmente: se puede entrar desde distintos lugares. Pero si se sigue el recorrido propuesto, el lector atraviesa distintas capas del tiempo, de la ausencia y de la transformación.


— En varios textos aparecen las herencias, los vínculos familiares y aquello que permanece entre generaciones. ¿Qué lugar ocupan los orígenes dentro de tu escritura?
— Los orígenes aparecen como una fuerza muy compleja: son pertenencia, pero también peso, misterio, marca y transmisión. Me obsesiona pensar cómo ciertas historias familiares, silencios, gestos o heridas siguen circulando incluso cuando no se nombran. En el libro, las casas, los objetos y los cuerpos funcionan muchas veces como archivos emocionales donde esas memorias quedan adheridas. Y creo que escribir también es una forma de dialogar con esas capas heredadas.

— La obra combina escenas cotidianas con elementos más poéticos, oníricos e incluso espectrales. ¿Cómo trabajás ese cruce entre lo real y aquello que aparece desde otros planos de la experiencia?
— Esa frontera híbrida me resulta fértil porque siento que la realidad nunca termina de quedarse quieta. Hay momentos donde los sueños, los recuerdos o ciertas percepciones alteran la lógica cotidiana y revelan otra dimensión de las cosas. También me atrae esa zona difusa entre el sueño y la vigilia, ese duermevela donde la mente nos confunde y las imágenes adquieren otra intensidad. En Umbrales de fuego aparecen espacios que parecen respirar, objetos cargados de memoria, figuras espectrales o escenas donde el tiempo se vuelve ambiguo. Más que escapar de lo real, busco expandirlo hacia espacios más sensibles, inquietantes o simbólicos.

— Lejos de una lectura lineal, proponés una construcción más fragmentaria. ¿Qué posibilidades encontrás en ese modo de narrar?
— La fragmentación me permite acercarme mejor al funcionamiento de la memoria y de las emociones; además, la vida tampoco es lineal. Muchas veces recordamos a partir de escenas aisladas, sensaciones, imágenes o sonidos antes que desde relatos ordenados. E incluso cuando creemos encontrar un orden, probablemente también sea una construcción o una invención. Me interesaba escribir un libro donde los vacíos, las interrupciones y las fracturas también tuvieran sentido. El fragmento genera una lectura más activa: el lector entra, conecta, completa. Y también puede perderse dentro de los textos. Tengo la sensación de que a veces es más fácil encontrarse en lo fragmentario que en lo cerrado o lineal. Busco textos porosos, abiertos a distintas interpretaciones.

Además, siento que esa lógica fragmentaria también aparece en mi manera de pintar. No trabajo desde una idea preconcebida, sino desde manchas, líneas, texturas o impulsos que van marcando el recorrido. Muchas veces los personajes, las formas o ciertas escenas aparecen recién en el proceso, emergen desde algún contorno o desde una zona todavía indefinida. Creo que tanto en la escritura como en la pintura necesito dejar espacio para lo inesperado.


— La ausencia y la transformación aparecen como temas recurrentes. ¿Cómo fue escribir sobre aquello que ya no está o que cambia con el paso del tiempo?
— Fue un proceso muy intenso porque el libro trabaja, justamente, con aquello que permanece incluso después de desaparecer. Muchas veces escribí desde la sensación de que las pérdidas nunca son absolutas: quedan restos, gestos, voces, objetos, marcas corporales o emociones que siguen actuando en nosotros. Nada se pierde del todo; incluso del fuego apagado quedan los rescoldos y, luego, las cenizas. De hecho, ahora mismo me encuentro trabajando en Rescoldos, mi próximo libro de cuentos, que de algún modo continúa esas búsquedas, aunque intentando encontrar otra textura, otra manera de decir.

Pienso la transformación como una posibilidad de reconstruir la memoria desde la afectación que produce el paso del tiempo. Incluso en los textos más atravesados por el duelo aparece cierta búsqueda de luz, de reconstrucción o de persistencia.


— La presentación en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el stand 337 de Acercándonos Ediciones, significó también el encuentro con lectores y lectoras. ¿Cómo viviste ese momento y qué significado tuvo para vos compartir el trabajo en ese espacio?
— Fue un momento muy movilizante y profundamente emotivo. Después de tantos años de escritura íntima y silenciosa, poder compartir el libro con lectores, amigos, colegas y personas cercanas tuvo algo muy poderoso. También fue muy especial escuchar las lecturas de Gabriela Stoppelman y María Verónica Pérez Lambrecht, porque ambas acompañaron el libro desde lugares muy sensibles. Sentí que el libro dejaba de pertenecerme solamente a mí para empezar a encontrar nuevos ecos en otros.

Incluso la posibilidad de mostrar mi trabajo como pintora en la tapa del libro y tener entre los espectadores a mi primera profesora de pintura, Gabriela Mendoza —quien me abrió, desde muy temprana edad, a ese mundo de colores—, fue profundamente emocionante. Y ni hablar de la presencia de mis padres y de uno de mis hermanos: fue un momento muy movilizante y lleno de afecto.


— Más allá de las distintas interpretaciones posibles, ¿qué te gustaría que quede resonando en quienes recorran estas páginas?
— Me gustaría que el libro funcione como un espacio sensible, donde algunos textos despierten recuerdos, preguntas, imágenes o sensaciones difíciles de explicar del todo. No me interesa ofrecer respuestas cerradas, sino invitar a atravesar ciertos umbrales: detenerse en las grietas, en lo ambiguo, en aquello que todavía late debajo de las pérdidas. Tampoco espero que el lector venga a buscarme a mí ni a preguntarse cuánto de esto es verdadero o autobiográfico. Me interesa mucho más que, en todo caso, pueda encontrarse a sí mismo dentro de esas páginas, reconocer algo propio en esas fisuras, en esas memorias o en esos silencios. Y, sinceramente, ya me siento profundamente afortunada si el libro logra encontrar algunas resonancias en otros.

Entre recuerdos, silencios, herencias y transformaciones, Umbrales de fuego propone una experiencia de lectura donde la memoria no aparece como algo fijo, sino como un territorio en movimiento. Con una escritura que cruza lo cotidiano con lo poético, Julieta Strasberg construye una obra que invita a atravesar umbrales, detenerse en las fisuras y volver sobre aquello que nos constituye. Porque, muchas veces, también en lo fragmentario y en lo ausente persisten las formas de narrarnos.

La memoria, el duelo, los vínculos y aquello que permanece incluso cuando parece haberse ido son algunos de los ejes que atraviesan Umbrales de fuego, el nuevo libro de Julieta Strasberg publicado por Acercándonos Ediciones. A través de cuentos, relatos y prosas poéticas, la autora construye una obra donde lo íntimo dialoga con lo cotidiano, y donde los recuerdos, las ausencias y las herencias afectivas aparecen como territorios para explorar.

Organizado en tres núcleos —Ancestrario, Cronofracta y Ausentario—, el libro propone un recorrido no lineal, una experiencia de lectura atravesada por imágenes, atmósferas y fragmentos que invitan a habitar preguntas más que respuestas. Conversamos con Julieta Strasberg sobre la construcción de esta obra y los universos que la atraviesan.


— La memoria, la identidad y el duelo aparecen atravesados por una escritura muy ligada a lo íntimo. ¿Cómo comenzó el proceso de construcción de esta obra?
— En realidad, Umbrales de fuego no nació como libro. Nació como necesidad de escritura. Durante años, en el taller de Gabriela Stoppelman, fui escribiendo imágenes, cuentos, poemas, fragmentos y ejercicios literarios, sin pensar que formarían parte de una misma obra. Algunos textos surgían de recuerdos familiares; otros, de sueños, sensaciones corporales, casas antiguas o escenas urbanas, reales o inventadas. Con el tiempo empecé a notar que todos esos materiales compartían una misma respiración poética. Ahí apareció la idea de constelación: textos independientes que, al ponerse en relación, comenzaban a iluminarse entre sí. Después vino un trabajo intenso de selección y organización, porque no todos “filiaban” dentro de ese universo. Finalmente, el libro terminó armándose como una cartografía de fragmentos atravesados por la memoria y sus fracturas.

— El libro está organizado en tres núcleos: Ancestrario, Cronofracta y Ausentario. ¿Cómo surgió esa estructura y qué buscabas generar con ese recorrido?
— La estructura fue uno de los procesos más complejos y también más bellos del libro. No fue la primera organización posible, ni siquiera la segunda. Hubo mucho trabajo de búsqueda y de lectura interna para descubrir cuáles eran las líneas de poética que atravesaban los textos. Finalmente aparecieron Ancestrario, Cronofracta y Ausentario como tres grandes núcleos posibles, aunque podrían haber existido otros, y probablemente cada lector encuentre nuevas conexiones.

Me interesaba que los textos dialogaran entre sí y las conexiones fueran móviles. En ese proceso también surgió la idea de crear neologismos y un pequeño glosario que acompañara cada cuento. Eran palabras que intentaban nombrar lo que el lenguaje habitual no alcanzaba a contener. Cada neologismo funciona un poco como una llave o una pequeña luz para atravesar cada umbral.

En ese sentido, me acompaña mucho una frase del prólogo de Gabriela Stoppelman, cuando dice que “el neologismo es siempre una rebelión en el corazón del abecedario y de la semántica”. Siento que esa idea dialoga profundamente con el espíritu del libro.

También buscaba generar un cierto ritmo de lectura. Umbrales de fuego no necesita leerse linealmente: se puede entrar desde distintos lugares. Pero si se sigue el recorrido propuesto, el lector atraviesa distintas capas del tiempo, de la ausencia y de la transformación.


— En varios textos aparecen las herencias, los vínculos familiares y aquello que permanece entre generaciones. ¿Qué lugar ocupan los orígenes dentro de tu escritura?
— Los orígenes aparecen como una fuerza muy compleja: son pertenencia, pero también peso, misterio, marca y transmisión. Me obsesiona pensar cómo ciertas historias familiares, silencios, gestos o heridas siguen circulando incluso cuando no se nombran. En el libro, las casas, los objetos y los cuerpos funcionan muchas veces como archivos emocionales donde esas memorias quedan adheridas. Y creo que escribir también es una forma de dialogar con esas capas heredadas.

— La obra combina escenas cotidianas con elementos más poéticos, oníricos e incluso espectrales. ¿Cómo trabajás ese cruce entre lo real y aquello que aparece desde otros planos de la experiencia?
— Esa frontera híbrida me resulta fértil porque siento que la realidad nunca termina de quedarse quieta. Hay momentos donde los sueños, los recuerdos o ciertas percepciones alteran la lógica cotidiana y revelan otra dimensión de las cosas. También me atrae esa zona difusa entre el sueño y la vigilia, ese duermevela donde la mente nos confunde y las imágenes adquieren otra intensidad. En Umbrales de fuego aparecen espacios que parecen respirar, objetos cargados de memoria, figuras espectrales o escenas donde el tiempo se vuelve ambiguo. Más que escapar de lo real, busco expandirlo hacia espacios más sensibles, inquietantes o simbólicos.

— Lejos de una lectura lineal, proponés una construcción más fragmentaria. ¿Qué posibilidades encontrás en ese modo de narrar?
— La fragmentación me permite acercarme mejor al funcionamiento de la memoria y de las emociones; además, la vida tampoco es lineal. Muchas veces recordamos a partir de escenas aisladas, sensaciones, imágenes o sonidos antes que desde relatos ordenados. E incluso cuando creemos encontrar un orden, probablemente también sea una construcción o una invención. Me interesaba escribir un libro donde los vacíos, las interrupciones y las fracturas también tuvieran sentido. El fragmento genera una lectura más activa: el lector entra, conecta, completa. Y también puede perderse dentro de los textos. Tengo la sensación de que a veces es más fácil encontrarse en lo fragmentario que en lo cerrado o lineal. Busco textos porosos, abiertos a distintas interpretaciones.

Además, siento que esa lógica fragmentaria también aparece en mi manera de pintar. No trabajo desde una idea preconcebida, sino desde manchas, líneas, texturas o impulsos que van marcando el recorrido. Muchas veces los personajes, las formas o ciertas escenas aparecen recién en el proceso, emergen desde algún contorno o desde una zona todavía indefinida. Creo que tanto en la escritura como en la pintura necesito dejar espacio para lo inesperado.


— La ausencia y la transformación aparecen como temas recurrentes. ¿Cómo fue escribir sobre aquello que ya no está o que cambia con el paso del tiempo?
— Fue un proceso muy intenso porque el libro trabaja, justamente, con aquello que permanece incluso después de desaparecer. Muchas veces escribí desde la sensación de que las pérdidas nunca son absolutas: quedan restos, gestos, voces, objetos, marcas corporales o emociones que siguen actuando en nosotros. Nada se pierde del todo; incluso del fuego apagado quedan los rescoldos y, luego, las cenizas. De hecho, ahora mismo me encuentro trabajando en Rescoldos, mi próximo libro de cuentos, que de algún modo continúa esas búsquedas, aunque intentando encontrar otra textura, otra manera de decir.

Pienso la transformación como una posibilidad de reconstruir la memoria desde la afectación que produce el paso del tiempo. Incluso en los textos más atravesados por el duelo aparece cierta búsqueda de luz, de reconstrucción o de persistencia.


— La presentación en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el stand 337 de Acercándonos Ediciones, significó también el encuentro con lectores y lectoras. ¿Cómo viviste ese momento y qué significado tuvo para vos compartir el trabajo en ese espacio?
— Fue un momento muy movilizante y profundamente emotivo. Después de tantos años de escritura íntima y silenciosa, poder compartir el libro con lectores, amigos, colegas y personas cercanas tuvo algo muy poderoso. También fue muy especial escuchar las lecturas de Gabriela Stoppelman y María Verónica Pérez Lambrecht, porque ambas acompañaron el libro desde lugares muy sensibles. Sentí que el libro dejaba de pertenecerme solamente a mí para empezar a encontrar nuevos ecos en otros.

Incluso la posibilidad de mostrar mi trabajo como pintora en la tapa del libro y tener entre los espectadores a mi primera profesora de pintura, Gabriela Mendoza —quien me abrió, desde muy temprana edad, a ese mundo de colores—, fue profundamente emocionante. Y ni hablar de la presencia de mis padres y de uno de mis hermanos: fue un momento muy movilizante y lleno de afecto.


— Más allá de las distintas interpretaciones posibles, ¿qué te gustaría que quede resonando en quienes recorran estas páginas?
— Me gustaría que el libro funcione como un espacio sensible, donde algunos textos despierten recuerdos, preguntas, imágenes o sensaciones difíciles de explicar del todo. No me interesa ofrecer respuestas cerradas, sino invitar a atravesar ciertos umbrales: detenerse en las grietas, en lo ambiguo, en aquello que todavía late debajo de las pérdidas. Tampoco espero que el lector venga a buscarme a mí ni a preguntarse cuánto de esto es verdadero o autobiográfico. Me interesa mucho más que, en todo caso, pueda encontrarse a sí mismo dentro de esas páginas, reconocer algo propio en esas fisuras, en esas memorias o en esos silencios. Y, sinceramente, ya me siento profundamente afortunada si el libro logra encontrar algunas resonancias en otros.

Entre recuerdos, silencios, herencias y transformaciones, Umbrales de fuego propone una experiencia de lectura donde la memoria no aparece como algo fijo, sino como un territorio en movimiento. Con una escritura que cruza lo cotidiano con lo poético, Julieta Strasberg construye una obra que invita a atravesar umbrales, detenerse en las fisuras y volver sobre aquello que nos constituye. Porque, muchas veces, también en lo fragmentario y en lo ausente persisten las formas de narrarnos.


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