

Hoy, una vez más, Cuba enfrenta una ofensiva de Estados Unidos destinada a asfixiarla económica y políticamente.
Frente a esta nueva escalada de agresiones impulsada por la administración de Donald Trump y los sectores más reaccionarios de la política estadounidense, entre los que se encuentran los comandados por Marco Rubio, la solidaridad con el pueblo cubano no es solo un gesto de amistad: es una obligación política y moral para todos aquellos que defienden la autodeterminación de los pueblos.
Desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Washington ha intentado por todos los medios doblegar a la isla. Invasiones, sabotajes, atentados, campañas de desinformación, bloqueo económico y persecución financiera han formado parte de una estrategia permanente cuyo objetivo ha sido imponer a Cuba un modelo político y económico funcional a los intereses de Estados Unidos. Ningún otro país del continente ha soportado durante tanto tiempo una política de agresión tan sistemática. El bloqueo económico, comercial y financiero constituye el principal instrumento de esa guerra contra Cuba. No se trata de una diferencia diplomática ni de una simple sanción. Es una política de castigo colectivo que busca provocar carencias, limitar el desarrollo económico y generar descontento social. Su objetivo declarado ha sido, históricamente, rendir por hambre y necesidades a un pueblo que decidió ejercer su derecho a construir un proyecto propio.
Las medidas adoptadas por Donald Trump profundizaron esa estrategia. Las restricciones a las remesas, la persecución de operaciones financieras, las sanciones contra empresas y países que mantienen relaciones con Cuba y su inclusión en listas arbitrarias promovieron mayores dificultades para la economía cubana.
Detrás del discurso de la “defensa de la democracia” se esconde una realidad mucho más simple: castigar a un país que no acepta subordinase a los designios de Washington.
Sin embargo, Cuba continúa siendo un símbolo de dignidad y resistencia. A pesar de enormes dificultades materiales, la isla ha mantenido conquistas sociales reconocidas internacionalmente en materia de salud, educación y cooperación internacional. Mientras las grandes potencias utilizan recursos para la guerra y la dominación, Cuba ha enviado médicos, docentes y brigadas solidarias a decenas de países afectados por catástrofes naturales, epidemias y crisis humanitarias.
Por eso, defender a Cuba hoy es defender el principio de que ningún pueblo debe ser sometido por el poder económico o militar de otro. Es rechazar la arrogancia imperial que pretende decidir qué gobiernos son aceptables y cuáles deben ser castigados. Es denunciar una política criminal que afecta la vida cotidiana de millones de personas y que ha sido condenada reiteradamente por la inmensa mayoría de la comunidad internacional.
La solidaridad con Cuba no puede ser neutral ni tibia. Exige denunciar el bloqueo, exigir el fin de todas las sanciones y acompañar la lucha del revolucionario pueblo cubano por su derecho a vivir en paz, desarrollarse y decidir soberanamente su destino. En tiempos en que resurgen proyectos de dominación y sometimiento, estar junto a Cuba es estar junto a la causa de la independencia, la justicia y la dignidad de los pueblos del mundo.
Hoy más que nunca estamos con Cuba, en solidaridad permanente, sin titubeos y con la firme certeza de que venceremos, por aciertos e insistencias... más allá de los esfuerzos del enemigo por doblegarnos, más allá de los más allá... ¡Venceremos!
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Hoy, una vez más, Cuba enfrenta una ofensiva de Estados Unidos destinada a asfixiarla económica y políticamente. Frente a esta nueva escalada de agresiones impulsada por la administración de Donald Trump y los sectores más reaccionarios de la política estadounidense, entre los que se encuentran los comandados por Marco Rubio, la solidaridad con el pueblo cubano no es solo un gesto de amistad: es una obligación política y moral para todos aquellos que defienden la autodeterminación de los pueblos. |
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